La Posada de Hojalata

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Escuela Creativa

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Aparcamiento de Gran Vía. Plaza 32, sotano 1.

October 31, 2015

 

Me llamo Salustiano Peláez García, y soy de Puertollano. Empezada así, mi historia es posible que no les diga nada, que incluso ni llegue a engancharles. Circunstancia que me colocaría en el mundo de lo anodino, y a ustedes les haría perder el tiempo. Probablemente, y con toda seguridad, después de mi presentación, se hayan quedado con lo vano de mi nombre y con mi ubicación geográfica, lo que seguramente les haya llevado a imaginarme bajito, algo grueso, de barriga generosa, pitillo apagado entre los labios, y con una incipiente calvicie escondida bajo la boina. Pues no han acertado. Soy de estatura normal, la suficiente para dar la talla en la mili. Peso sesenta y tres kilos desnudo, sesenta y cuatro trescientos con ropa, y no tengo boina.

Me preguntarán qué hago en este aparcamiento de la Gran Vía con esta cara de acojonado. Muy fácil: mi mujer me ha dicho que no quiere seguir casada conmigo. Así, de golpe. Como si lo que no le gustara fuese un filete de hígado o un plato de espinacas. Además lo soltó entre bocado y bocado de un bocadillo de calamares. La verdad es que algo de razón no le falta, pues me pilló en la cama haciendo carantoñas con la Sole.  La Sole era su mejor amiga. No voy a describirla porque no va a salir más en esta historia. Mi mujer la tiró por la ventana. Después iba yo. Me salvó que la función de teatro empezaba en una hora, nos habían costado una pasta las entradas, porque pensaba arrojarme al vacío un poco más tarde. Cosas de mi mujer. Es así de espontánea.

Pero antes de continuar, me gustaría presentársela. Remedios es cariñosa, buena persona, atenta, poco comprensiva, y con un pronto que igual te da un achuchón que un croché de derecha. También es culta, sabe leer de corrido, recita cantando las tablas de multiplicar del uno al ocho, y en la última se atasca en el nueve por siete. Remedios es rechoncha, rubia de tinte y moño alto, cejas pobladas, ojos marrones  y barbilla prominente. Remedios tiene un cuello nada femenino. Tiene brazos, dos. Tiene pechos, otros dos, y calza un cuarenta y tres de largo por cincuenta de ancho. No es muy guapa, más bien fea. Pero de joven estaba lozana y de buen ver. Mi mujer me quería cuando fuimos novios. También cuando nos casamos. Ahora como que no me quiere. Me lo acaba de decir, mientras un calamar se estrella en su vestido dejando una mancha de aceite de oliva.

Remedios es de Almodóvar del Campo. Su padre era concejal,  por lo que aprendió a leer, a multiplicar y a ordeñar las cabras que yo bajaba del monte cada atardecer. Fuimos novios desde los quince a los veintitrés. Un buen día me dijo: “Estoy preñada así que mañana te espero en la iglesia a las doce. Vente con el traje de los domingos, el pelo cortado y las manos y las uñas limpias”. Por lo menos fue más delicada que esta tarde, cuando cogió a su amiga del cogote, abrió la ventana y le dijo: ”A tomar por culo”.

Al principio lo de la preñez no lo entendí muy bien, porque habíamos hecho el amor dos veces: una conscientes en la era, y la otra en un pajar borrachos perdidos.

Mi coche ocupa la plaza 32 del aparcamiento. Es el Ibiza rojo. Ese que tiene a la señora ocupando casi todo y yo casi nada.

Vivimos en Móstoles en un quinto piso. Soy el conserje y Remedios la que limpia el portal y la escalera. Hasta ahora, éramos un matrimonio normal: ella mandaba yo obedecía. Ahora, además de mandar, o me tira por la ventana, o como en los concursos de la tele, abre la puerta de casa y me da tres minutos para coger lo que me dé tiempo. Creo que va a ser lo segundo porque le gustó la obra de teatro, y porque le quedan dos pétalos de la margarita que está deshojando y toca el de le tiro.

Por esto comprenderán que tirite y que sude mientras ella termina su bocata y dice: “Chato tira para casa”. Me gustaría que me montara un numerito de lágrimas, chillidos y que dijera: ¡cómo has podido hacerme esto a mí con lo que yo te quiero! Y lo repitiera y lo repitiese, y lo repitiese y lo repitiera. Pero no.  Está totalmente tranquila y desando llegar a Móstoles.

Así que ya no me queda más que arrancar, esperar a que se abra la barrera, bajar por Gran Vía dirección a la carretera de Extremadura y luego que sea lo que Dios quiera.

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