La Posada de Hojalata

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Escuela Creativa

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De lunes a viernes de 17:00 h. a 20:00 h.

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Noche del 30 de abril de 1945

November 26, 2015

 

Él ya se había suicidado. Se voló la cabeza de un disparo. Yo no fui capaz y opté por envenenarme con cianuro. Todavía los efectos no habían comenzado.

A penas hace un día nos habíamos casado y habíamos celebrando nuestro enlace con un modesto almuerzo. Él estaba allí tirado; mientras  miraba la pequeña herida que era como una moneda en su frente no podía dejar de pensar en toda la paranoia que nos había rodeado desde meses atrás, cuando las fuerzas soviéticas entraron en Berlín. Fue Werner quien le recomendó usar cianuro y un tiro en la cabeza.

Los efectos ya eran latentes: me costaba respirar, caminaba con dificultad y tal vez también tenía visiones. Nunca pensé que acabaría muriendo en un lugar tan decrépito; había sangre por todas partes e incluso me pareció ver restos de sus sesos en el sofá. Había pensado en el suicidio en varias ocasiones, morir no me importaba.

Su mano derecha descansaba sobre su rodilla, cuando llegarán lo encontrarían allí con su uniforme gris, estaba tan elegante; casi tan elegante como en los reportajes que le había realizado. Sin embargo, yo que había sido modelo de alta costura aparecería demacrada y dependiente.

Cada vez me costaba más respirar. Seguía mirándolo, me embriaga una felicidad indescriptible  por estar a su lado. Decidí no dejarlo solo en el último momento y volver a Berlín, era vulnerable y me necesitaba. Supongo que  mi cadáver no sería tratado con la misma consideración que el de  él, pero ya habíamos pactado que seríamos rociados con gasolina en el patio de la Cancillería del Reich. Pasaríamos juntos la eternidad.

Tenía las pupilas dilatadas y casi no podía abrir los ojos; la espuma me salía de la boca y mi respiración era casi nula, pero pude ver a todas aquellas luces que se acercaban. Él salió. Lo hizo como una luz más, su cabeza estaba inclinada. No podía mirarlos.

Ahora se dirigieron a mí. Eran luces claras, llenas de paz aunque irradiaban sufrimiento. No me tocaron, pero con un suspiro salí de mi cuerpo y me dispuse a seguirlas. Antes de adentrarme en  ellas, mire hacia abajo y vi mi vida como Eva por última vez. Me dispuse a desplazarme, sabía que había cometido muchos errores; ahora tocaba aprender de ellos. Tal vez la próxima vez sería mejor.

 

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