Pentagrama

January 28, 2016

 

          Cuando entro en la sala de rehabilitación siempre cierro los ojos. Y sigo con ellos cerrados hasta que termino de hacer los ejercicios en las espalderas.

Ya sé que es obsesión mía, que es absurdo que el reloj que preside la pared situada frente a mí siempre marque el mismo número estén donde estén sus agujas. En vez de la numeración habitual sólo tiene cuatro palotes y una raya que los atraviesa, como una lanza cortándolos por la mitad, en un recordatorio infinito de la hora de mi desgracia. Un tubo de hierro que se desprendió de un camión atravesó mi coche y a mí como un cuchillo entrando en la mantequilla.

            No sé cómo salí de aquello. Bueno sí sé: completamente roto, no sólo por fuera. Mi vida confortable, satisfactoria y sin mayores sobresaltos que los que quisiera buscarme, se desmoronó en un instante como las Torres Gemelas que desaparecieron en una nube de polvo.

            Después de un año de entrar y salir de diversos hospitales y de interminables sesiones de psicoanálisis, he comenzado la rehabilitación física porque la mental sigue resistiendo como las raíces profundas de un árbol centenario.

            A pesar de que mi fisioterapeuta dice que avanzo sin prisa, pero sin pausa, me doy cuenta de que voy a tardar mucho en volver a caminar y que la agilidad de mis dedos volando por el piano nunca la recuperaré porque el anular y el meñique de la mano derecha están inmovilizados, tiesos como palos. Menos mal que aún siguen allí.

            Jamás volveré a recorrer el mundo con la orquesta, ni sentiré el aplauso del público abarrotando las salas de concierto, puesto en pie durante interminables minutos en los que saboreo la gloria.

            Ahora mi trabajo es aprender a caminar y a intentar que mis manos me obedezcan, que mis dedos puedan sujetar la cuchara para que no tengan que darme de comer. La jornada laboral comienza cuando llego al centro de parapléjicos y entro en la sala de tortura. Creo que la diferencia entre esta sala y las mazmorras de la Inquisición es la luz del sol que se filtra por los grandes ventanales, los colores de las paredes, las personas que te ayudan a realizar los ejercicios y los compañeros de fatigas. Compartir el sufrimiento hace más llevadero el tiempo permaneces en ella.

            Intento mentalizarme de que no volveré a componer, pero el aparato extensible para fortalecer los músculos de los brazos con sus cinco gomas paralelas me recuerda el papel pautado, el pentagrama donde dibujar de nuevo las notas que se aprietan en mi cerebro como en un hormiguero en el que no cabe una hormiga más y siguen entrando hasta que me estalla la cabeza.

            Después de las sesiones físicas vienen las mentales. La psiquiatra tiene mucha paciencia conmigo pero no consigue que mi voz exprese las imágenes  que pasan por mi mente una y otra vez como en una película interminable, siempre con la misma escena. Intento relajarme pero no puedo.

            Hoy la psiquiatra ha empleado una nueva táctica: ha llevado un grabador y me ha dicho que, en vez de intentar hablar sobre el accidente, vocalizara la melodía que llena mi cabeza y la intente hacer salir. Me ha resultado raro, pero he empezado a tartamudear y cuando he oído mi voz solfear, marcar el compás y cantar pronunciando los nombres de las notas, las lágrimas han brotado de mis ojos como si las compuertas de una presa se abrieran de repente y he sonreído. En aquel momento he empezado a ver un camino por donde salir del negro túnel en el que me encuentro.

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