La Posada de Hojalata

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Escuela Creativa

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Un día más, pero diferente

February 1, 2016

 

Como todos los días, a esa misma hora, se oyó la campana que anunciaba el final de las clases. Llegaron las voces, los gritos, las carreras, las risas. Un inmenso ruido que los profesores habían interiorizado, pero que para cualquier otro menos acostumbrado se asemejaba a un furioso vendaval. En medio de toda esa vorágine se abrían paso las voces de los padres que, de alguna forma milagrosa, conseguían hacerse oír por su prole, en una conexión casi sobrenatural.

Estas pautas se cumplían de forma repetitiva día tras día desde que Silvia podía recordar. Cuando ella salía su padre siempre estaba allí, abriéndose hueco entre el tumulto, esperándola con su inmensa sonrisa y unos brazos que la envolvían con cariño. Nunca había faltado a su cita, ni cuando llovía, ni cuando le echaron de su anterior trabajo, ni cuando el abuelo se puso malo, ni cuando cayó esa inmensa nevada el pasado invierno. Nunca.

Hoy algo era diferente, algo faltaba. Miraba a su alrededor, dando vueltas sobre sí misma, pero no era capaz de localizar la sonrisa que buscaba. Todas las caras le resultaban desconocidas. Lo que en un principio era sorpresa se convirtió, con el paso de los minutos, en una sensación extraña en el estómago que se abrió paso hacia su pecho. Si hubiera tenido unos años más habría sabido identificarlo como la emoción más animal del ser humano, el puro y sencillo miedo. El silencio se fue extendiendo por el colegio, a la misma velocidad que la angustia por su pequeño cuerpo, transformándose en un llanto abundante y silencioso.

Su dolor no pasó desapercibido, al menos no a todos. Aurora ya se iba, tras un día agotador en el vano intento de que sus alumnos mostrasen algo de interés, cuando se percató de una pequeña silueta, encogida y sacudida por sollozos. Al aproximarse identificó a esa pequeña personita como una de sus alumnas. Un impulso maternal le obligó a aproximarse y abrazarla, al tiempo que Silvia se sorbía de forma sonora la nariz.

Las palabras y la sonrisa de Aurora actuaron como un bálsamo y sus brazos se convirtieron en un acogedor refugio. Entonces Silvia pensó que ella lo arreglaría todo. Los adultos siempre lo arreglan todo. A salvo, escondida del mundo, sus pocos años le permitían creer aún en la posibilidad de lo imposible y que la sonrisa de su padre siempre estaría esperándola.

En realidad, la sonrisa de su padre seguía estando, pero no allí, no para ella. Por primera vez había olvidado la cita más importante, aquella para la que no se podían inventar excusas. Es lo que les suele ocurrir a los adultos, no miden las consecuencias de sus actos, no saben valorar en su justa medida las decisiones más trascendentales, no perciben la cercanía de lo irremediable.

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