DE IGLESIAS, TABERNAS, PARACAIDISTAS Y DESERCIONES
- David Vicente

- 4 abr
- 5 Min. de lectura

Todos los paracaidistas acababan colgados de alguna terraza o en las ramas de algún árbol mal podado de los que, más que decorar, agrietaban las calles del barrio con sus raíces.
John Steele se quedó suspendido de la iglesia de Sainte-Mère-Église el Día D en la invasión a Normandía.
Los paracaidistas fueron objetivos fáciles y Steele fue uno de los pocos que sobrevivieron. Desde la torre de la iglesia observó cómo asesinaban a sus compañeros. Permaneció allí durante dos horas fingiéndose muerto sujeto por los sobacos a las correas de su paracaídas. Después los soldados alemanes lo tomaron prisionero. Aunque Steele pudo escapar y se reincorporó a su división. Steele fue condecorado con la Estrella de Bronce por su valor y el Corazón Púrpura por haber sido herido en combate. A pesar de que probablemente todo fue una casualidad como otra cualquiera.
Decía Bukowski que el éxito es un malentendido. A la vista está que la heroicidad también.
Por aquellos tiempos yo no conocía esta historia. Me enteré muchos años después, cuando visitamos todas las playas normandas en Francia y todos esos museos de la guerra. De eso también ha pasado mucho.
Así que, por aquellos tiempos, mis paracaidistas, a diferencia de John Steele no eran para mí héroes, sino desertores a los que despreciaba por haberme abandonado.
Tan solo debían llegar al domingo siguiente sanos y salvos, hasta que pudiese comprar otro en los recreativos de la esquina con la escueta paga que mis padres me daban a la salida de misa. Eso es todo lo que esperaba de ellos. La mayoría no lo conseguían. Por eso nunca acumulé un ejército, apenas dos o tres soldados que no alcanzaban ni la categoría de triste batallón.
Mi padre bebía en el bar mientras esperaba que yo y mi hermano saliésemos de misa y bebía en los recreativos mientras yo lanzaba mis paracaidistas a luchar en batallas de las que preferían desertar. Creo que, de algún modo, él también había desertado de sus propias guerras.
Desertar, en contra de lo que se piensa, es una actitud tan loable como otra cualquiera. Mucho más, si cabe. Pero tampoco estoy seguro de si en el caso de mi padre se trataba de una verdadera actitud. Quizá más que una deserción lo suyo era simplemente una derrota.
Uno nunca quiere imaginar a sus padres derrotados. De alguna manera, reconocer la derrota de tus padres es entender que caminas solo, que nadie te va a cubrir las espaldas cuando empiece el tiroteo. O más bien que has de ser tú quien decida cuáles son tus batallas.
Lo de la misa era una cuestión de mi madre. A diferencia de mi padre, mi madre no era una mujer derrotada. Quizá porque nunca se planteó si la vida le había colocado en el bando adecuado. Simplemente se limitaba a continuar y a seguir los códigos aprendidos sin cuestionarse mucho más. Es posible que supiese que todas las guerras son la misma y que uno no puede hacer mucho más que disparar, aunque a veces no haya ningún enemigo delante. Sin duda la vida es más fácil cuando uno tiene unos códigos. El problema es que muchos nos pasamos la mayoría del tiempo buscando nuestros códigos sin ser capaces de encontrarlos. Mi madre tenía unos códigos y eso le facilitaba las cosas. Imagino que John Steele también los tendría.
Mi madre había nacido en un pueblo de eso que ahora llaman la España vaciada y los domingos se acudía a misa, como en Sainte-Mère-Église. No era una cuestión de ser o no creyente. Simplemente los domingos se acudía a misa. Así que allí estaba yo cantando, o fingiendo cantar, alabaré, alabaré, alabaré, alabaré, alabaré a mi señor. Eso y yo tengo un amigo que me ama, me ama, me ama, me ama de verdad. Y cosas así.
La iglesia de mi barrio ni siquiera parecía una iglesia. Era un local de ladrillo visto con una puerta enorme acristalada con un crucifijo de hierro forjado arriba. Ni mucho menos tenía una torre alta parecida a donde se quedó atrapado el paracaidista John Steele, por eso ninguno de mis paracaidistas terminó atrapado en ella, sino en terrazas rancias con olor a sacrificio de provincias. Pero supongo que la autenticidad de una iglesia no se define por su campanario. Aunque yo no entiendo mucho de iglesias.
De mi infancia también recuerdo una camiseta de Arconada. El mítico portero de la Real Sociedad y de la selección española al que se le coló un balón por debajo del brazo en un tiro libre de Michel Platini en la final de la Eurocopa del ’84, también en Francia. Fue un fallo clamoroso; a pesar de superar la barrera, el lanzamiento de Platini iba blando, pero no fue capaz de blocarlo. Afortunadamente a Arconada no se le recuerda por ese fallo. Digo esto, porque a veces sí sucede. Puedes haber estado haciendo toda la vida las cosas bien, incluso perfectas, y un solo fallo te condena. Nadie va a tener en cuenta todos los aciertos que tuviste. Solo te van a juzgar por ese error. Da igual que todo el mundo se equivoque constantemente, incluso que se equivoque más que tú. Nadie te va a decir, tío, no preocupes, todos nos equivocamos.
A John Steele sin embargo le salvó un fallo. Un fallo en su aterrizaje le convirtió en un héroe. No es más que la excepción que confirma la regla.
La camiseta de Arconada no la podía usar los domingos. Los domingos uno debía usar ropa de domingo y la camiseta de Arconada, obviamente, no era ropa de domingo. Había una parte del armario destinada exclusivamente a la ropa de domingo, que, obviamente, tampoco se podía usar entre diario, a no ser, claro, que fuese fiesta. Sobre todo, si se trataba de una fiesta religiosa.
La misa y la ropa de domingo era parte del código de mi madre. Mi padre solo necesitaba un rato para beber mientras nosotros estábamos en misa y para seguir bebiendo mientras yo lanzaba paracaidistas que acabarían, al igual que John Steele, suspendidos de cualquier balcón mientras sus compañeros imaginarios eran acribillados a tiros por las tropas enemigas.
Por cierto, por si alguien se pregunta qué fue de John Steele, murió con cincuenta y siete años de un, muy poco heroico, cáncer de laringe. Una muerte más prosaica y probablemente más dolorosa que ser acribillado a tiros por los soldados alemanes mientras intentas liberar al mundo de la invasión nazi. Pero así son las cosas. Uno puede salvarse de manera azarosa de la batalla más cruenta mientras tus compañeros caen como moscas y morirse después sin pena ni gloria.
En Sainte-Mère-Église existe una taberna que lleva su nombre, Auberge John Steele, con fotos, cartas y artículos que decoran sus muros y todos los 6 de junio, en su honor, cuelgan una efigie del soldado Steele con su uniforme de paracaidista del campanario de la iglesia. La camiseta de Arconada no era apropiada para los domingos, pero sí lo es un uniforme de paracaidista, al menos en Sainte-Mère-Église. No hay que buscarle más explicaciones.
Quizá mi padre también debería tener una foto en las paredes de la taberna del barrio donde vivíamos, aunque dudo que siga existiendo, que hiciese homenaje a sus profanas derrotas y a sus fútiles heroicidades. Al menos que dejase constancia de que le sirvió como refugio donde desertar de todas las batallas.
Fue uno de los muchos inmigrantes que viajaron a la Alemania posnazi para huir de la miseria que provocó nuestra propia guerra. Pero esto supongo que es otra historia.
Ahora ya no está ni mi padre, ni mi madre, ni John Steele, ni todos mis paracaidistas. Ni siquiera la camiseta de Arconada que no podía utilizar los domingos. Lo único que sigue en pie es la iglesia de mi barrio y la de Sainte-Mère-Église. Pero eso es porque las iglesias duran mucho más que cualquier otra cosa que uno pueda imaginar.




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