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ESCRIBIR ES BOXEAR




Baila como una mariposa, pica como una avispa. Drew Bundini Brow, entrenador de Claisus Clay.


Quien desconoce el boxeo puede pensar que se trata de un deporte ordinario. Dos tipos en pantalón corto pegándose hasta desfallecer para disfrute de los espectadores que solo buscan el morbo.

El verdadero aficionado, sabe que no es así. El cuadrilátero encierra más arte y más técnica de lo que pueda parecer a priori. Pero tampoco trataré de convencer a nadie de lo que ni siquiera yo estoy seguro.

Lo que sí es cierto, todo aquel que se haya enfundado unos guantes lo sabe, es que, al margen de cualquier otra consideración, se golpea con los puños, pero se boxea con los pies y con la cintura.

El boxeo consiste en bailar con, y a, tu oponente en el ring hasta que eres capaz de asestarle el golpe definitivo que le tumbe en la lona o de vencerle exhausto a los puntos.

No es muy diferente la literatura, aunque pueda parecerlo. Envolvemos al lector con nuestra prosa, le bailamos, tratamos de arrinconarle contra las cuerdas, hasta que vemos el momento de lanzar un directo a su mandíbula y tumbarle en la lona.

Toda buena literatura debería tener una buena mezcla de estilo y pegada. Esto lo sabía Twain, Faulkner, Hemingway, Cheever y cualquier buen escritor que se precie. También lo sabía Clasius Clay, sino que se lo pregunten a Foreman: baila como una mariposa, pica como una avispa.

Nadie debería salir indemne de un ring y nadie debería salir indemne de un libro. No en vano ambos están delimitados por los márgenes que imponen cuatro fronteras lineales de las que uno no puede escapar.

Se avanza por el cuadrilátero igual que se avanza por la página, golpe a golpe, palabra a palabra, frase a frase.

Escribir es boxear y boxear es exponerse. Uno no puede pretender pelear sin que ninguna mano toque su cara. No me interesan las historias que no tratan de explorar las aristas del ser humano. No me interesan los escritores cuyo único fin es averiguar dónde está el tesoro o quién mato a la señora de la casa para quedarse con su joyero sin preocuparse de los personajes, sin poner de manifiesto sus carencias y sus miserias, que son las de todos nosotros. Ponerse delante de un espejo y cuestionarse a uno mismo siempre es un buen punto de partida. Un escritor no está para resolver un problema, pero sí para enfocarlo bien, decía Chéjov. No queda otra que levantar la cabeza y encajar los golpes. Y ser un buen fajador no es una empresa menor.

Me interesa el escritor que se preocupa por mirar y de camino dirigir nuestra mirada. Igual que me interesa el boxeador que pelea con honestidad y choca los guantes con el rival antes y después de la contienda. Independientemente de si ha salido victorioso o ha sido derrotado. También lector y escritor son rivales, aunque no lo parezca, y no por ello enemigos. A fin de cuentas, nadie conoce a un hombre mejor que su mejor adversario y nada une tanto como una espada que acorta la distancia entre dos guerreros, nos decía Ray Loriga.

Lo dijo también Kafka, y reconozcámosle un mínimo de autoridad en esto, un libro debe ser el hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros.

Sí, escribir es boxear. Así que, ya sabes, a partir de ahora, intenta bailar como una mariposa y picar como una avispa.


Del libro El arte de narrar. David Vicente. Almuzara (2022)



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